martes, 6 de septiembre de 2011

HISTORIA DE LAS CACEROLAS DE ALUMINIO.-


Una de las secciones a la que más me gusta dedicar el tiempo es a la evolución de la alimentación a lo largo de la historia, no sólo de los productos alimenticios en sí, sino a la propia inventiva del ser humano con respecto a los útiles que hemos ido utilizando para cocinar.

Es curioso lo cambiante de los gustos, a mediados del siglo XIX, el aluminio era un artículo raro y muy caro. En aquel entonces, Napoleón III servía la comida -a sus invitados más importantes- en las primeras vajillas de aluminio del mundo, mientras que sus más modestos convidados tenían que “conformarse” con disfrutar de los nobles bocados sirviéndose de platos de oro o plata…



En 1854, Henri Etienne Sainte Claire DeVille obtuvo el metal en Francia reduciendo cloruro de aluminio con sodio. Con el apoyo financiero de Napoleón III, DeVille estableció una planta experimental a gran escala, y en la exposición de París de 1855 exhibió el aluminio puro. Aquel nuevo metal se vendía a casi el equivalente de dos mil dólares el kilo, y en aquel entonces, la nobleza europea sustituía ya parte de sus vajillas de oro y plata por copas, platos y cuberterías de ligerísimo aluminio.




Sin embargo, el aluminio no tardó en perder su esplendor social. La extracción intensiva del metal, gracias a las nuevas técnicas basadas en la electricidad,  hicieron que su precio bajara a  5,60 dólares el kilo en 1890.

A pesar de este precio tan reducido, las amas de casa americanas todavía tenían que descubrir las ventajas de cocinar con aluminio, pero dos acontecimientos -un avance técnico y una demostración de unos grandes almacenes- no tardarían en hacerles cambiar de hábitos.

El 23 de febrero de 1886, Charles Martin Hall, un inventor de veintidós años de edad que acababa de graduarse en ciencias, experimentaba con el aluminio en su laboratorio de Oberlin, Ohio. (Recordáis mi post sobre el papel de aluminio… ya entonces hablábamos de Hall).




Las libretas de notas de Hall registran que aquel día perfeccionó un procedimiento para producir económicamente un compuesto de aluminio que podía utilizarse para la fabricación de baterías de cocina. Hall fundó su propia empresa y empezó a fabricar utensilios de cocina ligeros, duraderos y fáciles de limpiar, que permitían una distribución notablemente equitativa del calor y conservaban su brillo. Su duración sugirió un nombre que se convertiría en marca: Wear-Ever.

Sin embargo, los productos de Hall chocaron inicialmente con una oposición formidable…



Las amas de casa del país se negaban a abandonar sus cacharros de hierro y estaño, que habían probado suficientemente su utilidad, y los grandes almacenes se negaron a vender el nuevo producto, cuyos beneficios parecían demasiado fantásticos para ser ciertos.

El viraje se produjo en la primavera de 1903. Gracias a la persuasión de un comprador, los renombrados almacenes Wanamaker's, de Filadelfia, efectuaron la primera demostración pública de las ventajas del aluminio para cocinar.

Wanamaker's 1903 Philadelphia store, from Gibbons

Centenares de mujeres contemplaron, estupefactas, cómo un chef profesional cocinaba mantequilla y manzanas sin remover. Cuando las espectadoras pudieron avanzar y asegurarse de que los ingredientes no se habían pegado al recipiente, empezaron a llover los pedidos de baterías de aluminio.
Cuando murió Charles Hall, en 1914, su línea de productos Wear- Ever se había convertido en una nueva industria del aluminio, transformando las cocinas americanas y permitiéndole a él atesorar una fortuna personal de treinta millones de dólares.


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